
A la entrada del Carmen nos da la bienvenida, una gruta, la Gruta Romántica, con esculturas en terracota de ninfas, rodeada de culantrillos de pozo y rosales, formada por un aplacado de piezas de roca de cueva, estalactitas, estalagmitas y toba calcárea. En ella figuran, en placas de mármol en la embocadura de la gruta, los nombres de los monarcas españoles, así como los de Inglaterra, que visitaron el Carmen de los Mártires.
Por la derecha, llegando al Jardín de la Explanada, nos asomamos al Jardín Español o de los Balcones. Está situado junto a la terraza próxima al Auditorio Manuel de Falla, entre éste y el Jardín de los Arcos. Se hizo a imitación de los jardines de los cármenes granadinos del siglo XIX: rosales, cañas y paseos adornados con arcos de ciprés. Fue destruido en los años 60 y en la actualidad continúa manteniendo este nombre. Está centrado con un estanque alargado y su alrededor está plantado de rosales. También quedan algunos tilos que rodeaban los paseos de arcos. Algunas fuentes rescatadas se han montado provisionalmente en el suelo.
Ya en la terraza principal del jardín, bajo un gran árbol del amor, se encuentra la Fuente de la Ola, una impresionante creación modernista, de estilo art Nouveau, que hizo traer Hubert Meersmans de la Exposición Universal de París de 1900. Está flanqueada por las esculturas de los reyes Carlos III y Fernando VI, colocadas por Don Joaquín de Arteaga al estar, el Ducado del Infantado, muy ligado a ambos monarcas.
La explanada abre sus vistas hacia la ciudad. Bajo ella se encuentra el Jardín de los Arcos, donde antiguamente había un huerto de frutales. Su elemento principal es una fuente lobulada de la época de Carlos Calderón. Esta fuente se encontraba originalmente en la explanada donde hoy se encuentra la Fuente de la Ola que puso Meersmans. En sus inicios tuvo un elaborado juego de arcos de ciprés, de ahí viene su nombre. Por el centenario de la estancia de José Zorrilla en Granada, se colocó en este jardín una placa conmemorativa, con los versos del poeta: "Hija del Sol, Granada, fanal del Paraíso".
Al fondo de la explanada, se deja ver el antiguo palacete. De estilo historicista, presenta elementos que evocan el romanticismo de la época, con salones ornamentados y detalles decorativos que transportan al visitante a otra era. Se accede tras un pórtico toscano formado por cuatro columnas de mármol con mayor intercolumnio central; sobre un entablamiento apoyaban los balaustres que protegen una amplia terraza. Esta fachada consta de una ordenación de tres amplios huecos en cada planta, bien guarnecidos y coronados los superiores con conchas semicirculares. La puerta principal del palacete, del siglo XVII, la adquirió Meersmans de la destruida "casa de la inquisición", derribada para la apertura de la Gran Vía. La portada que da acceso al edificio se enriquece con elementos arquitectónicos tallados en piedra y faroles labrados a ambos lados. Un bello pilar se adosa al lado izquierdo.
En el lateral del palacete, está la entrada hacia el Jardín Nazarí, concebido y realizado por el Duque del Infantado, en 1944, como homenaje a la jardinería nazarí. Se enmarca entre un cenador o pabellón, que recordaba a los pórticos del Generalife o Comares, y otro de tipología cristiana que se llamó Pabellón de los Mendoza, en recuerdo a esta familia tan ligada a la historia de Granada y de la Alhambra, donde podemos ver un relieve del Calvario, que pretende recordar el martirio sufrido por los cristianos en esta zona. El Jardín se compone de un pequeño patio bordeado por un empedrado granadino, rodeando un alargado estanque inspirado en el Patio de la Acequia del Generalife, con macetas de pilistras (aspidistra) y ventanales donde se asoman los jazmines. En el centro existe una pequeña gruta de rocalla en la pared, tras una cortina de agua, que nos recuerda la tradición de los mártires entre cuevas y mazmorras. En el estanque se pueden ver culebras de agua, abeja de agua y gallipatos que, en su fase terrestre, se dejan ver caminando entre los acantos.
El Jardín Nazarí, da paso a una terraza, cubierta con una gran glicinia de flor lila, que llena de color el inicio de la primavera. Sobre la puerta de acceso al palacete, desde esta terraza, hay colocada una placa, que conmemora la estancia del poeta José Zorrilla en Granada, y que reza: “D. JOSÉ ZORRILLA cuando en 22 de junio de 1889 EL PUEBLO DE GRANADA (HACIENDOSE INTÉRPRETE DE LOS SENTIMIENTOS DEL PUEBLO ESPAÑOL) LE CORONÓ POETA NACIONAL EN EL PALACIO DE CARLOS V, SE HOSPEDÓ EN ESTE CARMEN”.
Bajo ella, a las espaldas del palacete, en una terraza donde antiguamente estuvo la llamada "Tabla de los Jardines", del demolido Convento de los Mártires, encontramos el Jardín Inglés o de las Palmeras, de naturaleza más espontánea y salvaje, con senderos serpenteantes entre gran cantidad de palmeras y arbustos floridos formando cuadros. Justo en el centro encontramos la Fuente de Felipe II, una fuente de tres pisos rodeada de acebos, rosales y peonías, construida por el Duque del Infantado, como agradecimiento a la cesión de agua, por este rey, a los frailes del Convento de los Mártires. La alta pared del jardín correspondía al muro del noviciado del antiguo Convento.
Por encima de la explanada de acceso al palacete, se sitúa el Jardín Francés. Los muros, sobre los que se eleva, son los restos de la Iglesia del antiguo Convento. El eje principal del jardín lleva al visitante a contemplar la Torre de la Vela, algo que puede apreciarse mejor en la época invernal cuando los altos árboles del Bosque de la Alhambra y del Carmen han perdido sus hojas. La imagen actual del Jardín Francés es muy diferente de la primitiva. Se plantó este jardín como un parterre versallesco. En este había una figura mitológica de un río, un viejo tumbado con un cántaro que vertía un importante caudal de agua. Los cuatro cuadros que delimitan los caminos eran cada uno, en su origen, un pequeño laberinto de setos bajos de boj.
Hoy en día, el conjunto de cuadros marca los caminos hacia una gran fuente circular, rodeada por seis esculturas de terracota sobre pedestales de piedra. Un surtidor sobre una taza, deja caer el agua que alimenta colonias de plantas acuáticas, como la flor de pato, nenúfares y lirios amarillos. Un jardín en el que pasean de forma habitual una pareja de pavos reales y, como visitantes esporádicos, se pueden ver ánades azulones en la fuente.
Más alto que el Jardín Francés, se encuentra el Lago y Jardín Romántico. Dentro de los jardines del banquero Calderón, éste representaba el paisajismo inglés, jardín romántico impregnado de la filosofía masónica que sustentaba en gran parte la idea de los jardines de la época. El lago se conoció también como “la Ría”. Tiene dos isletas; una pequeña destinada a las aves, patos y cisnes; y la mayor, con un embarcadero de piedra en el que aparece una torre de inspiración medieval, a la que se accede a través de un puente. Probablemente este estanque, en sus inicios, fuera de origen nazarí y transformado en gran estanque del antiguo Convento. Hasta los años cuarenta, del pasado siglo, estuvo conectado con el Jardín Francés. Hasta finales del siglo XX, se podía pasear por el lago en una barca de pedales con forma de cisne.
El lago está abrazado por un conjunto de árboles y arbustos entre los que destacan palmeras, setos de arrayán, cañas de bambú, fresnos, ciprés de Portugal, castaños de indias, majuelos y olmos. Además, en la isla, se encuentra uno de los árboles más singulares del lugar, el árbol de las pelucas, llamado así porque sus frutos poseen unos pedúnculos fructíferos plumosos que, en verano y otoño, le dan un aspecto de cabellos sobre las hojas. También existen cedros de Buçaco, carpes y madroños originarios de la primera plantación, con unos 150 años de vida. En el lago habita una población estable de ánades azulones, ranas y varias especies de libélulas. El lago está bordeado, al más puro estilo regionalista, de bloques de estalactitas que dan paso al huerto.
El lago se abastece del agua de la Acequia Real, que llega a través de un acueducto, reminiscencia del antiguo convento y del que se dice que San Juan de la Cruz participó en su construcción, delimitando el huerto, del bosque adyacente a él.
El huerto-jardín monacal intenta rememorar los huertos que crearon los monjes carmelitas descalzos tras la fundación de la Orden y del Convento de los Mártires. Un cenador, construido con cañas de Motril y bambú, destaca en el extremo noreste del gran huerto, bordeado por el acueducto que lleva el agua de la Acequia Real desde el árbol de San Juan de la Cruz, al lago romántico. Varios parterres a modo de bancales contienen especies aromáticas y medicinales, como melisa, albahaca, salvia, orégano, tomillo o romero. En algunos momentos se han cultivado berenjenas, habas, calabazas y otras hortalizas.
En el extremo oriental del bosquete y sobre el huerto monacal, el camino que pasa por el acueducto, sube hacia la colina donde se encuentra el ejemplar vegetal más notable de Granada. Un viejo cedro portugués de la especie -Cupressus Lusitánica-, con más de 500 años de antigüedad, y que puede ser uno de los ejemplares de origen americano más viejo de Europa. Esta especie fue importada a España desde México y Guatemala en el siglo XVI, por los Carmelitas Descalzos de Buçaco, cerca de Coimbra, Portugal, que lo trajeron a la península Ibérica para plantarlo en todos los conventos que se creaban durante la mitad de ese siglo. Se le llama el ciprés de San Juan de la Cruz, ya que las creencias populares afirman que fue plantado por su propia mano y que, bajo su sombra, el fundador de los Carmelitas, escribió gran parte de su poemario místico. La sensibilidad de Carlos Calderón salvó la vida de este árbol que fue adornado por él con un circulo de césped, un arroyo naturalizado con rocalla y unos bancos. El ciprés aún se mantiene desde 1582, a pesar de que, hace algunas décadas, un rayo truncase su altivo porte, porque, de su muñón cercenado, brotan nuevas ramas que recuerdan el sentir de un humilde fraile, que, bajo él, expresaba su deseo de «habitar en Dios», y su desesperanza: «Todo es para más penar / por no verte como quiero, / y muero porque no muero».
Entre el huerto y la zona más alta del Campo de los Mártires, donde se encuentra una alberca, existen, en sus zonas aterrazadas, numerosos árboles frutales como perales, manzanos, granados y naranjos. Las espléndidas vistas desde aquí, nos permiten calibrar la extensión actual del Carmen y la que pudo tener en su época de mayor esplendor.
El resto del Carmen de los Mártires se cubre de un bosque surcado por caminos, senderos y pequeñas explanadas con diversos adornos. Pero hubo una zona destinada expresamente a bosque, que comunicaba la finca con la Puerta de los Siete Suelos en la Alhambra, con plantación de árboles de sombra surcada por pequeños caminos. La densidad del bosque era tan grande que los visitantes se desorientaban y se perdían en este lugar, razón por la que se le llamó el Bosque Laberinto. El bosque fue talado en 1974.
Desde este bosque, buscando la salida, bajo las paratas que sustentan el jardín francés, se sitúa el Jardín de la Rosaleda, en la que, como su nombre indica, predomina este tipo de planta y lo preside una gran fuente de rocalla, la Fuente de la Rosaleda. Es una fuente de media cuña que alberga una gran cantidad de biodiversidad, con especies muy significativas de flora acuática, pero donde también se han introducido especies de anfibios para su recuperación en el Carmen de los Mártires, como gallipatos, ranas comunes y libélulas. Durante un tiempo, algunos rosales fueron sustituidos por plantas de flor, por lo que también se le conoció por la Florera.